Lectio divina Domingo VI. T.O. -C- Lucas 6,17.20-26

Lectio divina

Domingo VI T. O. Ciclo C

Lc. 6, 17. 20-26

17 Febrero 2017

Señor, Que no nos fijemos tanto en nuestro dolor,

en nuestra pena, en nuestras carencias,

como en las de nuestros hermanos.

Que no nos aferremos a nada,

Señor, que reconozcamos

que todo bien material es pasajero.

Lo único que importa lo tenemos en nuestro corazón

y lo podemos ver en los ojos de nuestros hermanos,

sobre todo de los niños,

de los humildes y los pobres.

TEXTO BÍBLICO Lc. 6, 17. 20-26

Después de bajar con ellos, se paró en una llanura con un grupo grande de discípulos y una gran muchedumbre del pueblo, procedente de toda Judea, de Jerusalén y de la costa de Tiro y de Sidón.

Él, levantando los ojos hacia sus discípulos, les decía: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios.

Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque quedaréis saciados. Bienaventurados los que ahora lloráis, porque reiréis.

Bienaventurados vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían vuestros padres con los profetas.

Pero ¡ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque haréis duelo y lloraréis! ¡Ay si todo el mundo habla bien de vosotros! Eso es lo que vuestros padres hacían con los falsos profetas.

El espectáculo humano es a veces tan cruel y cotidiano, que hasta llegamos a pensar que deberá ser así, sin recambio: ricos a costa de pobres, hartos a costa de hambrientos, risotadas a costa de lágrimas, poderosos a costa de sometidos…

Jesús proponía otro espectáculo, increíble y paradójico: justamente la inversión de aquel drama: los pobres se hacían reyes, los hambrientos eran saciados, los que lloraban sonreían esperanzados, y los proscritos e insultados saltaban de alegría con una dignidad insólita.

El balcón de las bienaventuranzas no nos invita a cerrar los ojos ante la dura realidad, sino a mirar lo que ésta debería ser, trabajando para que lo sea. Jesús es la primera piedra de ese hogar humano: Él nos ha revelado que la verdadera felicidad que tan torpemente buscan a veces los hombres, no está en ese desajuste que ha merecido el lamento del Señor, sino en su Persona viva, su mensaje y su destino: la misericordia entrañable que nos devuelve la posibilidad de parecernos a Dios, la libertad que nos hace sus hijos, el amor que nos hace hermanos de los demás.

Por eso Jesús, monte abajo, mostrará otro balcón desde donde se vislumbra el ocaso del terror, del odio, de las envidias, de las hambres, de las oscuridades. Y dirigiéndose a los suyos les propondrá: no perdáis el tiempo en estériles lamentos, haced un mundo nuevo, empezando por vosotros mismos.

El Cristianismo tiene la misión de estrenar ese cielo ya en la tierra, como primicia del mundo querido por Dios: que hace felices a los hombres, que cambia las tristezas, las hambres, los absurdos… en dicha bienaventurada.

Y Jesús invitaba a mirar desde su balcón, haciendo realidad lo que en él se contemplaba. Porque Jesús siempre miraba desde los ojos de Dios.

Y nosotros, ¿a qué balcón nos asomamos? Una forma de saberlo es preguntarse qué ven los demás en los cristianos, cuando nos ven vivir y morir, gozar, trabajar, sufrir y reír… desde sus ventanas.

    

  • Si miramos a nuestro mundo vemos gentes que son pobres, que pasan hambre, que sufren, que son excluidos y proscritos… y a nadie se nos ocurre llamarlos dichosos ni tampoco ellos mismos se sienten como tales. Por el contrario vemos gente rica, que disfruta de todas las comodidades posibles y goza el momento presente como si poseyera el mayor tesoro, y todo los miramos con cierta envidia y los calificamos como gente con suerte.
  • « Felices los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos » Lucas no habla de una pobreza «de espíritu» sino de ser «pobres» a secas, y así nos invita también a una existencia austera y despojada. De ese modo, nos convoca a compartir la vida de los más necesitados, la vida que llevaron los Apóstoles, y en definitiva a configurarnos con Jesús, que «siendo rico se hizo pobre». Ser pobre en el corazón, esto es santidad. (Papa Francisco)
  • « Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados » Tal justicia empieza por hacerse realidad en la vida de cada uno siendo justo en las propias decisiones, y luego se expresa buscando la justicia para los pobres y débiles. … olvidamos que se manifiesta especialmente en la justicia con los desamparados: «Buscad la justicia, socorred al oprimido, proteged el derecho del huérfano, defended a la viuda». Buscar la justicia con hambre y sed, esto es santidad. (Papa Francisco)
  • « Felices los que lloran, porque ellos serán consolados » La persona que… se deja traspasar por el dolor y llora en su corazón, es capaz de tocar las profundidades de la vida y de ser auténticamente feliz. Esa persona es consolada con el consuelo de Jesús y no con el del mundo. Así puede atreverse a compartir el sufrimiento ajeno y deja de huir de las situaciones dolorosas. De ese modo encuentra que la vida tiene sentido socorriendo al otro en su dolor, comprendiendo la angustia ajena, aliviando a los demás. Saber llorar con los demás, esto es santidad. (Papa Francisco)
  • « Felices los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos » Si no queremos sumergirnos en una oscura mediocridad no pretendamos una vida cómoda, porque «quien quiera salvar su vida la perderá». …. Las persecuciones …hoy también las sufrimos, sea de manera cruenta, como tantos mártires contemporáneos, o de un modo más sutil, a través de calumnias y falsedades. …Otras veces se trata de burlas que intentan desfigurar nuestra fe y hacernos pasar como seres ridículos. Aceptar cada día el camino del Evangelio aunque nos traiga problemas, esto es santidad. (Papa Francisco)
  • Los triunfos pasajeros y los elogios fáciles no suelen tener consistencia, ya que los intereses y la conveniencia privan sobre la verdad y el genuino amor. ¡Ay de vosotros, los ricos, los satisfechos, los que ahora reís, los que estáis saciados Todo esto es pura apariencia, vida sin sentido. Es preciso trabajar, luchar, esforzarse para conseguir los valores del reino.

Alegrémonos,

aun que las nubes negras del odio

caigan sobre nosotros.

Alegrémonos,

teniendo la mirada arriba

y manteniendo nuestra mente en Dios.

Alegrémonos, superando

dificultades, criticas y enojos.

Alegrémonos, sabiendo

que el mal nunca tiene la última palabra.

Alegrémonos,

pues tenemos a Cristo de nuestra parte.

Alegrémonos,

ya que por la cruz se llega a la luz.

Alegrémonos,

dejando que Cristo actúe en nuestras vidas.

Alegrémonos,

pese a las dificultades,

pues Cristo es nuestra fuerza.

Alegrémonos,

con la alegría del Espíritu

que vence al mal.

  • Jesús “levantando los ojos hacia sus discípulos” les dijo: BIENAVENTURADOS… Son bienaventurados porque siguen a Jesús, porque lo escuchan con atención, porque están atentos a su manera de vivir, porque guardan en su mente y en su corazón sus palabras, porque lo han dejado todo para seguir sus pasos, porque esperan un nuevo reino…
  • Dichosos los pobres. Los que se sienten pequeños, los que se conforman con lo que tienen, los que no buscan almacenar para poseer. Su tesoro está en el cielo.
  • Dichosos los que tienen hambre. Hambre de amor, hambre de pan, hambre de hogar, hambre de felicidad, hambre de Dios… Sólo Dios puede saciarlos.
  • Dichosos los que ahora lloran. Lloran al ver la situación de nuestro mundo, al observar las injusticias sociales, al captar como el pecado contamina los dominios de la bondad.
  • Dichosos vosotros cuando os odien los hombres, y os excluyan, y os insulten y proscriban vuestro nombre como infame. Es el pago a la bondad, al amor desinteresado, a la entrega sin condiciones. Así fue con Jesús, con los profetas, con los santos.

  • Profundiza el texto bíblico de las bienaventuranzas. Experimenta que el Señor te las dice a ti en persona, para que entiendas los valores auténticos del Evangelio. Pide que estos valores, proclamados por Jesús, los vayas haciendo tuyos. Vive la vida como un bienaventurado de Dios.
  • Déjate alcanzar por el influjo del Evangelio y descubre la riqueza del compartir, de gozar la alegría de la entrega, de experimentar la paz en medio del desconcierto…
  • Felices los pobres, felices los que tienen hambre de justicia, los que están tristes, felices los que están perseguidos… Que distinto a la escala de valores que muchas veces nos propone la sociedad en la que vivimos. Empéñate en encarnar estos valores.
  • Anímate a salir de la indiferencia, a mirar a los demás con otros ojos, a ser solidario, a comprometerte, a compartir la cruz, a pedir ayuda…
  • Lleva el gozo y la alegría a los que están deprimidos y trabaja para que los pobres no sean tan pobres (en lo económico, educativo, salud, derechos humanos, en la vida espiritual, etc…)
  • Ayuda para que las personas que sufren… experimenten el amor de Dios con tu ayuda, apoyo, cercanía y oración.

LOS VALORES DEL REINO

 

Catequistas de Cádiz y Ceuta

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