TERCER DOMINGO DE PASCUA. Mons. Francisco Cerro. Obispo de Coria-Cáceres

TERCER DOMINGO DE PASCUA

TORPES

El síndrome de Emaús es una enfermedad que, a veces, se sufre en la Iglesia cuando en vez de ser una Iglesia en salida y búsqueda es una Iglesia en retirada y huida.

Aquellos dos, los de Emaús, iban con todas las desesperanzas posibles que puede albergar el corazón humano y que, de una u otra manera, se llama cruz. La cruz siempre es un escándalo en el corazón humano que parece obstruido para creer y para lanzarse en los brazos amorosos del Padre. El razonamiento nuestro es tan simple como el mecanismo del chupete de un niño. Dios nos quiere mucho cuando todo nos va bien y no nos quiere nada cuando sufrimos y nos va mal.

Aquel peregrino de Emaús caminó con ellos. Les escucha y sencillamente está a su lado en las duras y en las maduras. Son capaces de contar lo que les pasa, pero no son capaces de integrarlo porque les falta la fe que les lance a integrar la cruz en el camino de la vida.

La palabra que dicen todos los desesperados de la vida y que se escucha en todos los Emaús del mundo y de la historia es: “nosotros esperábamos”. Hemos seguido a quienes nos han decepcionado y ahora caminamos sin rumbo hacia no sabemos ni dónde ni cómo. Se ha esfumado todo como un sueño. Viven en la profunda decepción del corazón.

Jesús les da una lección de catecismo. Les explica, a la luz de las Escrituras, su vida y ante las palabras “nosotros esperábamos” de todos los que dicen que buscan y no encuentran, el Señor nos dice que “era necesario“. Todo lo que ha ocurrido, ocurre y ocurrirá en nuestra vida era necesario “para entrar en su gloria”, para seguir a Jesús en todos los momentos de la vida, cuando amanece o cuando oscurece en nuestra vida, siempre podremos decirle al Señor: “Quédate con nosotros porque atardece y el día declina en nuestras vidas“.

Al final del camino, como al pueblo de Israel, el Señor nos alienta con el maná, con el Pan de Vida, con la Eucaristía, la locura de un Amor que se hace pan partido y sangre derramada por la vida del mundo.

Caminaron su vida y, el encuentro con el Peregrino de Emaús, les hizo volver al cenáculo, a la comunidad, a la Iglesia que les va a decir, también a ellos, que Jesús está suelto por ahí, que la meta es Él. Que está vivo y coleando y sólo quien tenga los ojos del corazón abiertos y no torpes a sus inspiraciones, se le puede encontrar en todos los caminos de la vida. Sólo hay que sentarse a su lado y dejar que, partiendo el pan, estalle en nuestros ojos la Luz de su Amor para decir una y otra vez: ¡ES ÉL! ¡Qué torpes de no reconocerle!.

DOMINGO III PASCUA. TORPES

+Francisco Cerro Chaves

Obispo de Coria-Cáceres

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