Lectio divina. DOMINGO RAMOS -A- Mateo 21,1-11

Lectio divina

Domingo de Ramos. Ciclo A. Mt. 21. 1-11. 9 Abril 2017

Comienza la Semana Santa

Aquí estoy, Señor, buscándote y confiando en encontrarte.

¿Dónde? No lo sé,

pero estoy cierto de que voy a encontrarte en cada esquina,

en el Huerto, en el Calvario…

Traigo encendida la lámpara de la fe, que tú me diste,

con la vida interior que quieras infundirme.

Aquí estoy, Señor.

TEXTO BÍBLICO Mt. 21. 1-11

Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, envió a dos discípulos diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto». Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta:

     «Decid a la hija de Sión: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila”». Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada.

    Y la gente que iba delante y detrás gritaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!».

    Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó preguntando: «¿Quién es este?». La multitud contestaba: «Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea».


    La entrada de Cristo en Jerusalén coincide con la entrada de los cristianos en la Semana Santa. La vida pública de Jesús comenzaba en el Jordán. Allí el Padre “presentó” a su Hijo a los hombres como el bienamado predilecto. Al final del camino de esa larga subida a Jerusalén, otra vez esos tres protagonistas se reúnen: el Padre bienamante, el Hijo bienamado y la humanidad tan favorecida y tan desagradecida a la vez.

Quedan atrás tantos recodos del camino en los que Jesús pasó haciendo el bien…Ahora es el momento último y final de este drama humano y divino. A él nos asomamos en el domingo de Ramos con el relato de la Pasión.

El Padre pronunciará por última vez su última Palabra, la de su Hijo, y con ella nos lo dirá y nos lo dará todo. El Hijo volverá a repetir que lo esencial es el amor con esa medida sin-medida que Él nos ha manifestado en su historia, el amor que ama hasta el final y más allá de la muerte. Y el pueblo es como es.

Ahí estamos nosotros. Unas veces gritando “hosannas” al Señor, y otras crucificándole de mil maneras, como hizo la muchedumbre hace dos mil años; unas veces cortaremos hasta la oreja del que ose tocar a nuestro Señor, y otras le ignoraremos hasta el perjuro en la fuga más cobarde, como hizo Pedro; unas veces le traicionaremos con un beso envenenado como hizo Judas, o con un aséptica tolerancia que necesita lavar la imborrable culpabilidad de sus manos cómplices como hizo Pilato; unas veces seremos fieles tristemente, haciéndonos solidarios de una causa perdida, como María Magdalena, otras lo seremos con la serenidad de una fe que cree y espera una palabra más allá de la muerte, como María la Madre.

Con la Iglesia, con todos los cristianos, nos disponemos a re-vivir y a no-olvidar, el memorial del amor con el que Jesús nos abrazó hasta hacernos nuevos, devolviéndonos la posibilidad de ser humanos y felices, de ser hijos de Dios y hermanos de los prójimos que Él nos da. Esta es la Semana Santa cristiana.

    


  • «¡Bendito el que viene como rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto»
    Gentío, fiesta, alabanza, bendición, paz. Se respira un clima de alegría. Jesús ha despertado en el corazón tantas esperanzas, sobre todo entre la gente humilde, simple, pobre, olvidada, esa que no cuenta a los ojos del mundo. Él ha sabido comprender las miserias humanas, ha mostrado el rostro de misericordia de Dios.
    (Papa Francisco)
  • «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor, el Rey de Israel!» También nosotros hemos acogido al Señor; también nosotros hemos expresado la alegría de acompañarlo, de saber que nos es cercano, presente en nosotros y en medio de nosotros como un amigo, como un hermano, también como rey, es decir, como faro luminoso de nuestra vida. Jesús es Dios, pero se abajó a caminar con nosotros. Es nuestro amigo, nuestro hermano. Lo recibimos con alegría. (Papa Francisco)
  • Nuestra alegría… nace por haber encontrado a una Persona, Jesús, que está en medio de nosotros; de saber que, con él, nunca estamos solos, incluso en los momentos difíciles, aun cuando el camino de la vida tropieza con problemas y obstáculos que parecen insuperables. (Papa Francisco)
  • Todos sabemos que el Rey a quien seguimos y nos acompaña es un Rey muy especial: es un Rey que ama hasta la cruz y que nos enseña a servir, a amar. Y ustedes no se avergüenzan de su cruz. Más aún, la abrazan porque han comprendido que la verdadera alegría está en el don de sí mismo, en el don de salir de sí mismos y que Dios ha triunfado sobre el mal precisamente con el amor. (Papa Francisco)
  • Acudamos a María nuestra Madre, para que nos ayude a vivir con fe la Semana Santa. También Ella estaba presente cuando Jesús entró en Jerusalén aclamado por la multitud; pero su corazón, como el del Hijo, estaba preparado para afrontar el sacrificio. Aprendamos de Ella, Virgen fiel, a seguir al Señor también cuando su camino lleva a la cruz.


  • Señor, me arrepiento de mis cobardías. Me arrepiento de tantas veces que me he echado atrás en tu seguimiento. Me ha faltado confianza en Ti. He querido buscar y esperar de Ti “algo prodigioso”. Pero, hoy entiendo que lo mejor que me puede suceder es estar contigo, pase lo que pase, en lo agradable y en lo desagradable de mi vida.
  • Con esta entrada triunfal tuya en Jerusalén me dices que no tengo que buscar: triunfalismos, grandezas, milagros… Me enseñas a no esperar mesianismos, que me resuelvan mis problemas.
  • Éste eres tú, Jesús, siempre atento, que ves mis debilidades, mis cansancios, mis infidelidades, mi falta de amor, mis pecados… y siempre me perdonas, me miras y me acoges.
  • Eres, Jesús, mi amigo, mi hermano… el que ilumina mi camino. Hoy quiero gritar desde el fondo de mi alma: Gracias “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”
  • Jesús, que vas camino de la Pascua con entusiasmo y ves que algunos de tu pueblo se cierran y rechazan tu mensaje de salvación, que yo no cierre mis oídos ni mi conciencia a tu Palabra y a tu Pascua!
  • La semana comienza con una procesión festiva con ramos de olivo: todo el pueblo acoge a Jesús. Los niños y los jóvenes cantan, alaban a Jesús. Jesús se encamina hacia el misterio de su muerte y de su resurrección. Nos hará bien preguntarnos: ¿Quién soy yo? ¿Quién soy yo ante mi Señor? ¿Quién soy yo ante Jesús que entra con fiesta en Jerusalén? ¿Soy capaz de expresar mi alegría, de alabarlo? ¿O guardo las distancias? ¿Quién soy yo ante Jesús que sufre?
  • ¿Cómo entra Jesús en Jerusalén? Mirémoslo: montado en un pollino. Quien lo acoge es gente humilde, sencilla… Jesús no entra en la Ciudad Santa para recibir los honores reservados a los reyes de la tierra; entra para ser azotado, insultado y ultrajado, como anuncia Isaías; entra para recibir una corona de espinas, una caña, un manto de púrpura: su realeza será objeto de burla; entra para subir al Calvario cargando un madero.
  • Jesús entra en Jerusalén para morir en la cruz. Toma sobre sí el mal, la suciedad, el pecado del mundo, también el nuestro, y lo lava con su sangre, con la misericordia, con el amor de Dios. Miremos a nuestro alrededor: ¡cuántas heridas inflige el mal a la humanidad! Guerras, violencias, conflictos económicos que se abaten sobre los más débiles, la sed de dinero, corrupción, divisiones, crímenes contra la vida humana y contra la creación!
  • Miremos también nuestros pecados personales: las faltas de amor y de respeto a Dios, al prójimo y a toda la creación. Jesús en la cruz siente todo el peso del mal, y con la fuerza del amor de Dios lo vence, lo derrota en su resurrección. Éste es el bien que Jesús nos hace a todos nosotros sobre el trono de la Cruz. La Cruz de Cristo, abrazada con amor, nunca conduce a la tristeza, sino a la alegría, a la alegría de ser salvados y de hacer un poquito de lo que hizo Él ese día de su muerte.
  • Mira a tu alrededor: ¡cuántas heridas inflige el mal a la humanidad: guerra, violencia, falta de amor…! Presenta a Jesús estas situaciones y pídele por las personas que lo están padeciendo.
  • En tu vivir diario, busca momentos concretos para aclamar a Jesús y expresar la alegría de estar con Él, de seguirle.
  • Procura que los demás vean en ti que la verdadera alegría está en el don de sí mismo, en salir de uno mismo y en que Él ha triunfado del mal con el amor de Dios.
  • Busca momentos concretos para acercarte a las personas que necesiten compañía, aliento, comprensión, consuelo, una palabra amiga.

Secretariado de Catequesis de Cádiz y Ceuta

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