Lectio divina V CUARESMA -A- Juan 11,1-45

Lectio divina

Domingo V Cuaresma. Ciclo A

Jn. 11, 1-45

2 Abril 2017

Desde lo hondo a ti grito, Señor;

Señor, escucha mi voz:

estén tus oídos atentos

a la voz de mi súplica.

Mi alma espera en el Señor,

espera en su palabra;

mi alma aguarda al Señor.

más que el centinela la aurora.

Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y el redimirá a Israel de todos sus delitos.

TEXTO BÍBLICO Jn. 11, 1-45

En aquel tiempo, un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana, había caído enfermo. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.»

Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.» Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.

Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.» Los discípulos le replican: «Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver allí? » Jesús contestó: «¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza, porque le falta la luz.»

Dicho esto, añadió: «Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo.» Entonces le dijeron sus discípulos: «Señor, si duerme, se salvará.» Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño natural. Entonces Jesús les replicó claramente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa.» Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos: «Vamos también nosotros y muramos con él.»

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»

Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.» Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.» Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» Ella le contestó:

«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.» Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja: «El Maestro está ahí y te llama.»

Apenas lo oyó, se levantó y salió adonde estaba él; porque Jesús no había entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado.

Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies diciéndole: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.»

Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban, sollozó y, muy conmovido, preguntó: « ¿Dónde lo habéis enterrado?» Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!» Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?» Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.

Dice Jesús: «Quitad la losa.» Marta, la hermana del muerto, le dice: -«Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.» Jesús le dice: -«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?» Entonces quitaron la losa.

Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.» Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera.»

El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: -«Desatadlo y dejadlo andar.» Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

La Pascua es la gracia de la vida, vida resucitada, pero sólo podremos acogerla si nos encontramos con quien ha vencido toda muerte, también la nuestra. Sin tomar conciencia de nuestra sed, de nuestra oscuridad y de nuestras muertes, Dios no podrá regalarnos su agua, su luz y su vida. Porque no hay curación más imposible que la del enfermo que ignora su mal: su mezquina actitud es su mismo desahucio.

En este domingo Dios nos dirá que tiene otro modo de ver las cosas… Lo que para los demás era la muerte de Lázaro, para Jesús era un sueño. Este era el diferente modo de ver las cosas: la muerte como terrible e inapelable desenlace o la muerte como sueño del que es posible despertar.

Jesús responderá a la muerte pronunciando sobre ella su palabra creadora de vida: “Lázaro, ¡sal fuera!”. Frente a todos los indicios de una muerte de cuatro días, Jesús llama a la vida a salir de la muerte.

Y aquella tremenda y desafiante pregunta que hizo a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida, ¿crees ésto?”, será la que nos hará a nosotros ante el drama y el aturdimiento de todas nuestras muertes: los egoísmos, las tristezas, los rencores, las envidias, las injusticias, las frivolidades, las desesperanzas… “Yo soy la resurrección y la vida… ¿crees esto?”.

Vivir la cuaresma es reconocer estas muertes cotidianas que nos entierran en todos los sepulcros en donde no hay posibilidad de vida, ni de amor, ni de esperanza, ni de fe.

Hay que sollozar conmovidos por nuestras situaciones mortecinas, hay que dolerse de todos nuestros lutos inhumanos… y desde todos ellos, esperar el algo más que Dios en Jesús nos concede: desde la oscuridad de todos nuestros sepulcros, poder escuchar la voz creadora del Señor que nos llama a salir del escondrijo de la muerte: ¡sal fuera! ¡sal al amor, a la paz, a la justicia, al perdón, a la alegría, a la vida, a Dios!

    

  • “Lázaro, sal afuera”. Este grito perentorio se dirige a cada hombre, porque todos estamos marcados por la muerte; es la voz de Aquel que es el dueño de la vida y quiere que todos «la tengan en abundancia». Cristo no se resigna a los sepulcros que nos hemos construido con nuestras opciones de mal y de muerte, con nuestros errores, con nuestros pecados. (Papa Francisco)
  • «Sal afuera». Todos nosotros tenemos dentro algunas zonas, algunas partes de nuestro corazón que no están vivas, que están un poco muertas; y algunos tienen muchos sectores del corazón muertos, una auténtica necrosis espiritual. Sólo el poder de Jesús es capaz de ayudarnos a salir de estas zonas muertas del corazón, estas tumbas de pecado, que todos nosotros tenemos. (Papa Francisco)
  • La Cuaresma es para que todos nosotros, que somos pecadores, no acabemos apegados al pecado, sino que podamos escuchar lo que Jesús dijo a Lázaro: “Lázaro, sal afuera”». (Papa Francisco)
  • Pensemos: ¿cuál es esa parte del corazón que se puede corromper, porque estoy apegado a los pecados o al pecado o a algún pecado? Y quitar la piedra, quitar la piedra de la vergüenza y dejar que el Señor nos diga, como dijo a Lázaro: «Sal afuera». Para que toda nuestra alma quede curada, resucite por el amor de Jesús, por la fuerza de Jesús. Él es capaz de perdonarnos. (Papa Francisco)
  • Nuestra resurrección comienza desde aquí: cuando decidimos obedecer a este mandamiento de Jesús saliendo a la luz, a la vida; cuando caen de nuestro rostro las máscaras y volvemos a encontrar el valor de nuestro rostro original, creado a imagen y semejanza de Dios. (Papa Francisco)
  • Escuchemos la voz de Jesús que, con el poder de Dios, nos dice: «Sal afuera. Sal de esa tumba que tienes dentro. Sal. Yo te doy la vida, te doy la felicidad, te bendigo, y te quiero para mí». (Papa Francisco)

¡Lázaro, sal fuera!

Desde que Tú lo dijiste

con voz potente y firme,

qué pocos se han atrevido

a repetirlo –a pesar de ser creyentes-

en las múltiples ocasiones

que la vida nos ofrece.

Por eso, esta sociedad

corrompe e hiede

y está llena de muerte.

¡Lázaro, sal fuera!

Es tu palabra y buena nueva.

Dejemos de envolvernos ya

en mortajas y falsedades.

Que la verdad resplandezca;

que la sensatez y la confianza

hagan su tarea en nuestra tierra.

¡Lázaro, sal fuera!

Es tu palabra y buena nueva.

Lo nuestro es despertar

a quienes han sido dormidos

por sus hermanos y ciudadanos

y condenados a no ser nada

-a no tener historia ni lugar-

y dejarles andar en libertad

por donde andamos nosotros,

con la misma dignidad.

¡Lázaro, sal fuera!

Es tu palabra y buena nueva.

  • Jesús es consciente del valor de la vida frente a la eternidad y la muerte. Sabe que el alma de Lázaro reposa esperando, como la del resto de los hombres, el momento sublime de la redención. El regreso a la vida de Lázaro es un anticipo, una profecía, de lo que será en el futuro la resurrección de los muertos.
  • Nunca se nos presenta a Jesús tan humano, frágil y entrañable como en este momento en que se le muere uno de sus mejores amigos. Al ver los sollozos de su amiga, Jesús no puede contenerse y también él se echa a llorar. Por otra parte se nos invita a creer en su poder salvador: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá… ¿Crees esto?»
  • Hay en nosotros un deseo insaciable de vida. Nos pasamos los días y los años luchando por vivir. Nunca había tenido el ser humano tanto poder para avanzar hacia una vida más feliz. Y, sin embargo, nunca tal vez se ha sentido tan impotente ante un futuro incierto y amenazador. ¿En qué podemos esperar?
  • «Yo soy la resurrección y la vida… A pesar de dudas y oscuridades, los cristianos creemos en Jesús, Señor de la vida y de la muerte. Sólo en él buscamos luz y fuerza para luchar por la vida y para enfrentarnos a la muerte.
  • El cristiano se enfrentar al hecho ineludible de la muerte desde una confianza radical en Cristo resucitado. Una confianza que difícilmente puede ser entendida «desde fuera» y que sólo puede ser vivida por quien ha escuchado en el fondo de su ser las palabras de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida.»

     

  • Elimina de tu corazón los miedos a: la enfermedad, los complejos, las críticas… y hasta la muerte, es necesario para gozar de la vida que Dios te ofrece.
  • La norma del vivir de Jesús y del cristiano es la del grano de trigo. Procura en tu vivir diario “ser grano de trigo que muere”.
  • Relee este texto del evangelio viendo las acciones de Jesús y tratando de imitarlas, especialmente en sus momentos de oración.
  • Buscar a alguna persona que esté pasando por un momento difícil en su vida, para animarlo a que ore y confíe en el Señor.
  • Visita a alguna persona enferma o sola y dale ánimo.

Secretariado de Catequesis de Cádiz y Ceuta

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