Lectio divina T.O. XXX. -C- Lc 18,9-14

Lectio divina

Domingo XXX T. O. Ciclo C

Lc. 18. 9-14

23 Octubre 2016

0

Señor, conoces mi debilidad,

cada mañana me propongo ser humilde

y cada noche reconozco que he sido orgulloso/a

Esto me desalienta, Señor,

por eso quiero fundar mi confianza y seguridad

solo en Ti.

Quiero alcanzar día a día tu misericordia:

Soy pecador/a, Señor,

Ten compasión de mí.

TEXTO BÍBLICO: Lc. 18. 9-14

    En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola:

Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: « ¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo».

El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: « ¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador».

Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

1

    El texto de hoy nos invita a reflexionar sobre cómo debe ser la actitud con la que nos debemos presentar ante Dios. Primero el cristiano debe descubrir que debe orar siempre y luego aprender que a la oración uno no puede ir de cualquier manera. Porque orar es entrar en la presencia de Dios. Y a la oración no vamos a presentarle nuestros méritos a Dios.

El fariseo se encuentra ante Dios erguido, de pie, frente a Él. No lo dice, pero parece que le está reclamando a Dios su propia salvación. Es como si le dijera: “me la he ganado, me la tienes que conceder”. Es verdad, él hacía incluso más de lo que mandaba la ley, pero su altivez invalidó sus obras. Uno no se puede presentar ante Dios de esta manera y considerando al resto de los hombres con desprecio: “no soy como los demás… ni como ese publicano”.

El contrapunto de este fariseo lo representa el publicano. Aquél que se quedó atrás. Al final del Templo, en la última baldosa. Sin atreverse a dar ni un paso más, pues allí, en el Templo, habitaba la perenne gloria de Dios. La oración del publicano no es altiva, le brota del corazón. Él se sabe un pecador y a Dios solo le podía pedir misericordia. No le pide ni prosperidad, ni recompensas, ni riquezas, le pide compasión: ¡Señor, ten compasión de mí!

Las dos actitudes que cada uno de los personajes de esta parábola adoptaron ante Dios han quedado perfectamente retratadas. Ahora nos toca preguntarnos, ante Dios, ¿qué baldosa elegimos?

2

  • Aquel fariseo ora a Dios, pero en verdad se mira a sí mismo. Más que orar se complace de la propia observancia de los preceptos. Su actitud y sus palabras están lejos del modo de actuar y de hablar de Dios, quien ama a todos los hombres y no desprecia a los pecadores. Aquel fariseo, que se considera justo, descuida el mandamiento más importante: el amor a Dios y al prójimo. (Papa Francisco)
  • No basta preguntarnos cuánto oramos, debemos también examinarnos cómo oramos, o mejor, cómo es nuestro corazón: es importante examinarlo para evaluar los pensamientos, los sentimientos, y extirpar la arrogancia y la hipocresía. Pero, yo pregunto: ¿se puede orar con arrogancia? ¿Se puede orar con hipocresía? Solamente, debemos orar ante Dios como nosotros somos. (Papa Francisco)
  • Estamos todos metidos en la agitación del ritmo cotidiano, muchas veces a merced de sensaciones desorientadas, confusas. Es necesario aprender a encontrar el camino hacia nuestro corazón, recuperar el valor de la intimidad y del silencio, porque es ahí donde Dios nos encuentra y nos habla. Solamente a partir de ahí podemos nosotros encontrar a los demás y hablar con ellos. (Papa Francisco)
  • El publicano se presenta en el templo con ánimo humilde y arrepentido: «manteniéndose a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho». Su oración es breve: «Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador». Nada más. La parábola enseña que se es justo o pecador… por el modo de relacionarse con Dios y por el modo de relacionarse con los hermanos. (Papa Francisco)
  • Mendigar la misericordia de Dios. Presentándose “con las manos vacías”, con el corazón desnudo y reconociéndose pecador, el publicano muestra a todos nosotros la condición necesaria para recibir el perdón del Señor. Al final justamente él, despreciado así, se convierte en icono del verdadero creyente. (Papa Francisco)
  • La oración del soberbio no alcanza el corazón de Dios, la humildad del miserable lo abre. Dios tiene una debilidad: la debilidad por los hombres. Delante de un corazón humilde, Dios abre su corazón totalmente. Es esta humildad que la Virgen María expresa en el cántico del Magníficat: «Ha mirado la humillación de su esclava…» (Papa Francisco)

3

Padre, reconozco ante ti

mi condición de pobre y necesitado.

Sé que soy pecador.

¡tantos detalles de mi vida me lo están diciendo!

Pero, por encima de mis pecados,

me siento acogido por Ti, Padre,

que eres todo misericordia, perdón, bondad..

Te digo con toda confianza:

ten piedad de mí, Padre, que soy pecador…,

pero un pecador confiado.

4

  • Jesús cuenta la parábola para sacudir la conciencia de “algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás”. Entre estos nos encontramos, ciertamente, algunos católicos de nuestros días. El fariseo se siente justo ante Dios y, precisamente por eso, se convierte en juez que desprecia y condena a los que no son como él.
  • El publicano, por el contrario, reconoce humildemente su pecado. No se puede gloriar de su vida. Se encomienda a la compasión de Dios. No se compara con nadie. No juzga a los demás. Vive en verdad ante sí mismo y ante Dios.
  • La parábola desenmascara una actitud religiosa engañosa, que nos permite vivir ante Dios seguros de nuestra inocencia, mientras condenamos a todo el que no piensa o actúa como nosotros. Por eso, hemos de leer la parábola cada uno en actitud autocrítica: ¿Por qué nos creemos mejores que los agnósticos? ¿Por qué nos sentimos más cerca de Dios que los no practicantes? ¿Qué es reparar los pecados de los demás sin vivir convirtiéndonos a Dios?
  • Recientemente, ante la pregunta de un periodista, el Papa Francisco hizo esta afirmación: “¿Quién soy yo para juzgar?”. Sus palabras han sorprendido a casi todos. Al parecer, nadie se esperaba una respuesta tan sencilla y evangélica de un Papa católico. Sin embargo, esa es la actitud de quien vive en verdad ante Dios.

5

  • Ante el Señor analiza tu postura ante las personas que de alguna manera son distintas o no piensan como tú. No las juzgues, ora por ellas y comprométete a ayudarlas.
  • Este evangelio nos invita a reconocernos frágiles y pequeños ante el Señor, y también a actuar en consecuencia:

    ¿En que momentos y con qué personas debes ser más humilde?

    ¿En tu trabajo de cada día muestras con tu sencillez el rostro de Jesús?

    ¿Cómo puedes mostrar tu agradecimiento a Dios por todo lo que te concede?

  • Pide al Señor que te enseñe a orar con espíritu humilde y sencillo como el publicano que el evangelio nos presenta.

Ten-compasion-de-este-pecador

Secretariado de Catequesis de Cádiz y Ceuta

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